viernes, 25 de febrero de 2011

A 77 AÑOS DE LA CONMEMORACION DEL ASESINATO DEL GENERAL DE HOMBRES LIBRES, AUGUSTO C. SANDINO

"NOSOTROS IREMOS HACIA EL SOL DE LA LIBERTAD O HACIA LA MUERTE; Y SI MORIMOS, NUESTRA CAUSA SEGUIRA VIVIENDO. OTROS NOS SEGUIRAN." General de Hombres Libres Augusto C. Sandino.
El 21 de febrero de 1934, hace 77 años, por acción de un oscuro enviado del Clan Somoza, de apellido Delgadillo fue asesinado Augusto C Sandino, General de Hombres Libres, como lo bautizara en 1928 Henri Barbusse, el célebre autor de “El Fuego”. 

Cuentan los historiados que cuando aconteció el hecho, al caer la noche de aquel infausto día, su padre Gregorio, que estaba retenido en una instalación contigua a la que sirviera de lugar de ejecución del indigne patriota y dos de sus colaboradores más cercanos, dijo con angustia: “Ya los están matando. Siempre será verdad que el que se mete de redentor, termina crucificado…”. 

Fue esa casi una expresión premonitoria. Ese mismo día, en otro lugar de la ciudad, Sócrates, el hermano menor de Augusto, también cayó abatido en un enfrentamiento con efectivos de la Guardia Nacional. 

Somoza pensaba que acabando con Sandino y los suyos, podría apoderarse definitivamente del país. Y así fue, en efecto, por largos años. Desde 1934 hasta 1979, con breves interrupciones, Nicaragua fue una granja sometida al capricho de una estirpe sangrienta que envileciera al país y lo mantuviera sometido a sus más perversos caprichos. 

En el interín, en 1956, un poeta joven, Rigoberto López Pérez resolvió cumplir una tarea suprema por la causa de la libertad y se abrió paso entre guardaespaldas y bandidos. Con certeros disparos acabó con la vida del viejo Anastacio Somoza García, pero no pudo sobrevivir al acto. En memoria del dictador, el gobierno de Manuel Prado -en el Perú- decretó un día de duelo. La Federación Universitaria de San Marcos, a su vez, lo hizo suyo, pero por Rigoberto. 

Los hijos del tirano -los Somoza Debayle- heredaron el trono y se aferraron a un poder ficticio, pero finalmente tuvieron que salir corriendo de Managua el 19 de julio de 1979 cuando los valerosos combatientes del Frente Sandinista cambiaron el color de la ciudad con una inmensa tela roja y negra, el símbolo del poder insurgente tomado de una de las tribus originarias del país.. 

Uno de los primeros libros en los que se expuso la epopeya de Sandino, fue escrito por Gregorio Selser bajo el título de “El pequeño ejército loco”. A través de sus páginas se pudo conocer la historia negada de una nación que hoy mira el porvenir con optimismo. 

Pero también Selser hizo luz en torno a los elementos esenciales de este hombre que representó en su momento una fuerza imbatible en América. 

Sus hazañas propiamente comenzaron en 1926, cuando el gobierno de los Estrados Unidos decidió invadir Nicaragua para consolidar su más amplio dominio en la región. En realidad, no era esa una historia nueva. 

Ya en 1854 el Äguila Imperial había posado sus garras en el país centroamericano que Washington juzgara clave para la construcción de un nuevo canal interoceánico. 

Al año siguiente, en 1855, el temido filibustero William Walker tomó una iniciativa similar. Se proclamó Presidente de Nicaragua yt dispuso que el inglés fuera el idioma nacional. Seis meses después fue echado a punta de flechazos y arcabuces. 

Cuando la historia volvió a repetirse, el año 26 del siglo XX, Sandino entendió -y lo dijo- que “la soberanía de un país no se discute, se defiende con las armas en la mano”. 
Para llevar a la práctica esa formulación, organizó su propia guerrilla victoriosa que se enfrentó y derrotó en diversas ocasiones a la infantería de marina de los Estados Unidos. 
Los Yanquis, sin haber logrado consolidar su propósito, se vieron forzados a retirarse de Nicaragua el 1 de enero de 1933, pero -con la ayuda de “liberales” y “conservadores”- dejaron perfilada la administración neo colonial que preservó sus intereses por muchos años más. 

Abordando los temas de Nuestra América y recordando las limitaciones de clase de la burguesía de entonces, José Carlos Mariátegui diría: “el único camino de resistencia activa al dominio yanqui, era el camino heroico de Sandino. El Partido liberal, no podía tomarlo …” 

En aquellos años, más rústicos que nuestro Amauta, algunos nicaragüenses solían decir: “cinco conservadores más cinco liberales, suman diez bandidos”. Y no les faltaba razón. 
Un colaborador de Sandino, combatiente de Las Segovias y activo luchador antiimperialista, nuestro compatriota Esteban Pavletich, nos hablo muchas veces de esa historia. Como un viejo capitán, dibujaba en imaginarias arenas el derrotero de guerrillas victoriosas que encarnaban firmemente los sueños de los pueblos. 

En su recuerdo, la imagen de Sandino brillaba como un sol resplandeciente, pero además imbatible. 

Bien puede decirse que Sandino perteneció a una pléyade de combatientes que pusieron muy en alto el nombre de América en la lucha contra las agresiones imperiales. 

Hay que citar, por ejemplo, a Julio Antonio Mella, pero también a Farabundo Martí, el líder salvadoreño que se alzó en 1930 contra la dictadura brutal del coronel Maximiliano Hernández, y que fuera vilmente asesinado. 

Con él -como se recuerda- fueron fusilados cerca de 30 mil campesinos en una de las matanzas más horrendas que viviera pueblo alguno en nuestro continente. 

Pero hay que recordar también a Luis Carlos Prestes, el “Caballero de la Esperanza”, que atravesó las selvas del Mattogrosso en Brasil, entre 1924 y 1927, se proyectó en una lucha que aun hoy tiene vigencia. 

Como lo recordara recientemente en La Habana su hija Anita en la presentación de obras de Prestes, a la cabeza de esa guerrilla de mil 500 hombres y mujeres, comandada por una docena de oficiales del Ejército y la Fuerza Pública de Sao Paulo sumados a la rebelión; esta figura de leyenda recorrió 25 mil kilómetros a través de 13 estados brasileños durante 29 meses hasta salir al exterior por la frontera de Paraguay. La experiencia, como se sabe fue conocida como el tenientismo y en ella, la Columna se inspiró en los ideales liberales de “representación y justicia”, mientras luchaba por el voto secreto y la moralización de las costumbres políticas, corrompidos por la oligarquía. 

Nacido en 1998 y fallecido en 1990, Prestes –como Sandino, como Mella o Farabundo Martí- se interesó desde muy joven por los problemas sociales y la búsqueda de soluciones efectivas a la situación deplorable que padecía la población brasileña, principalmente los trabajadores del campo. ¡Qué extraña similitud con nuestros tiempos! 

Estos hombres, estas luchas, y estas ideas señalan ahora el camino nuevo de nuestro continente. A ellos, con seguridad, aludió el Comandante Sandinista Tomás Borge cuando en una declaración ante los tribunales que lo juzgaban dijo poco antes de triunfar la epopeya sandinista: “Mañana, algún día, brillará un nuevo sol que habrá de iluminar toda la tierra que nos legaron los mártires y héroes con caudalosos ríos de leche y miel¨. 

Mientras tanto, América también se nutre de Sandino.

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